¿Que ha pasado con nuestra santidad?

Hubo un tiempo en el que todos los cristianos ponían mucho énfasis en la realidad del llamamiento de Dios a la santidad, y hablaban con profundo discernimiento del modo que tiene el Señor de capacitarnos para ella.

En particular, los protestantes evangélicos ofrecían innumerables variedades sobre lo que la santidad divina exigía de nosotros, lo que implica para nosotros mismo ser santos, por qué medios y a través de que disciplinas el Espíritu Santo nos santifica, así como las formas en que la santidad aumenta nuestra seguridad, nuestro gozo y nuestra utilidad para Dios.

Los puritanos insistían en que la vida entera y las relaciones debían llegar a ser “santidad al Señor”. John Wesley decía al mundo que Dios había levantado el metodismo “para esparcir la santidad escritural por todo el país”. Phoebe Palmer, Handley Moude, Andrew Murray, Jessie Penn Lewis, F.B. Meyer, Oswald Chambers, Horatius Bonar, Amy Carmichael y L. B. Maxwell son solo algunas de las figuras más destacadas del “avivamiento de santidad” que afectó a toda la cristiandad evangélica entre mediados del siglo diecinueve y mediados del veinte.

Al otro lado de la línea divisoria de la Reforma, Serafín de Sarov (ortodoxo ruso) y Teresa de Avila, Ignacio de Loyola, Madame Guyon y el Padre Grou (todos ellos católicos romanos), ministraron como apóstoles de la santidad de un modo semejante. Debemos comprender que, como viera por ejemplo John Wesley con toda claridad, la división de la Reforma fue mucho menos profunda en cuanto a la santificación y el Espíritu que respecto a la justificación y la misa.

En el pasado, pues, se destacaba la santidad a lo largo y ancho de toda la iglesia cristiana. ¡Pero cuán diferente es hoy! Al escuchar nuestros sermones y leer los libros que escribimos, y al observar nuestra forma ridícula, mundana y pendenciera de comportarnos, uno nunca imaginaría que en otra época el camino de la santidad estuvo claramente marcado para los creyentes bíblicos, de tal manera que los ministros y la gente sabían lo que era y podían hablar del mismo con autoridad y confianza. Ahora tenemos que reconstruir y volver a abrir ese camino partiendo realmente de cero.

J.I. Packer, El Renacer de la Santidad, Editorial Caribe (1995), p.10-11

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