El síndrome de Peter Pan

Una perturbadora creación literaria del siglo veinte, perturbadora en cuanto a que refleja mucha verdad desagradable acerca de nosotros mismos, es Peter Pan, “el niño que no quería crecer”, como subtitula la obra de su autor, J.M. Barrie. Durante las dos últimas generaciones, Peter Pan ha sido aplaudida y disfrutada como un gran espectáculo para niños. Otras generaciones la percibieron simplemente como la narración de Peter y los piratas, con la participación de Wendy, y fue tenida en gran estima […]

Sin embargo, Peter no es alguien con quien ninguno niño, o, si vamos a ello, ningún adulto inteligente se identificará. Esa declaración que repite por dos veces de “solo quiero seguir siendo un niño para siempre y pasarlo bien” es verdaderamente una mala señal. Peter representa la fijación de una fase que atraviesan, y si todo va bien superan, los niños. Su elección (porque de eso se trata), consiste en detener su propio desarrollo, le deja tan imperfecto que hemos de describirlo como un antihéroe: un personaje verdaderamente antipático e incluso repelente.

A pesar de su valentía, ingenio y capacidad de liderato, Peter es también engreído, ensimismado, cruel y alguien incapaz de amar o de recibir amor de otros. Después de atravesar grandes capas de ambivalencia sentimental, la obra deja claro que, tras su estancia en el país de Nunca Jamás, Wendy y sus hermanos salen ganando con volver a una familia comprometida con el estado adulto como destino normal de la niñez. Para Peter, el volver la espalda al mundo de las relaciones y el trabajo a fin de seguir tocando perpetuamente su flauta de Pan entre las hadas, constituye una tragedia a escala reducida. Se espera así lo consideran también las personas mayores que hay en el auditorio.

El actual abandono por parte de Occidente de la seguridad de sus principios cristianos a cambio del materialismo secular, ha dado origen a lo que solo puede denominarse cultura de Peter Pan. En ella se estimula la aparición y el afianzamiento de todas las facetas de ese egoísmo pueril presentes en Peter, y cuando eso sucede se les trata como virtudes. En una cultura semejante resulta difícil llegar a ser un adulto responsable, particularmente en el terreno de las emociones. Se ha dicho con razón que el mayor problema social del mundo moderno es la inmadurez emocional extrema disfrazada de estilo de vida adulto. En el orden divino de cosas, la familia humana debe funcionar como una cadena de relaciones donde se aprendan a fondo la lección del amor responsable y la estrategia vital. Sin embargo, con el debilitamiento de la vida familiar en casi todas sus partes, esto no está sucediendo.

El mundo de hoy se encuentra repleto de personas cuyos cuerpos de adultos albergan una constitución emocional juvenil e incluso infantil; gente que, dicho de otro modo, quieren seguir siendo siempre niños o niñas y pasárselo bien. La abundancia material hace posible que, a partir de la adolescencia, la autoindulgencia pueril se convierta en un estilo de vida cuyos resultados en los años tardíos son dolorosos […]

Una vez más es Jesús, “el autor y consumador de la fe” (Heb 12.2), quien se yergue ante nosotros como modelo de esa madurez emocional y actitudinal a la que nuestro crecimiento en la gracia debe conducirnos. Es sobre todo al medirnos por Él, mientras le descubrimos en las páginas de los evangelios, como llegamos a ver cuáles son nuestras verdaderas necesidades en esa área, y lo que el crecimiento hacia su estatura va a exigir de nosotros.

J.I. Packer, El Renacer de la Santidad, Editorial Caribe (1995), p.197-199

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