La santidad, no los milagros, es el poder del ministerio evangelístico

Creo que este es un buen post para publicar hoy, en día de mi cumpleaños #34.

Si Dios me ha llamado al evangelismo, es ciertamente la santidad, y no mis talentos y dones, el requisito #1 y primordial para yo poder ser un canal o vaso que Dios pueda utilizar para su honra y gloria.

Una línea de pensamiento en cuanto a la evangelización que se ha debatido recientemente parece expresar que la predicación pública del evangelio no es todo lo que debiera ser a menos que vaya acompañada de cierto tipo de manifestaciones físicas (señales, prodigios y milagros). Estas cosas, quiere darse a entender, confieren una credibilidad al mensaje que de otro modo este no tendría, y provocan la “confrontación de poder” que el mensaje verbal, por sí solo, difícilmente produciría.

Sin embargo, según los criterios bíblicos, a mi esa me parece una afirmación altamente exagerada y un verdadero error, que pone también a aquellos que proclaman el evangelio públicamente en una senda muy resbaladiza. La tentación de manipular a la gente, y las situaciones, de modo que parezca que el poder de Dios está produciendo aquellas manifestaciones deseadas puede hacerse irresistible, y la reacción que viene cuando las investigaciones demuestran que Dios no está actuando a las órdenes del evangelista, ineludible.

No podemos institucionalizar y utilizar el poder de Dios ni para convertir las almas ni para proporcionar milagros. Es Dios quien nos usa, y no nosotros a El. Por muy buena intención que tengamos, cada vez que pretendemos que Él baile a nuestro compás ello supone un traspié espiritual. Esto no significa que el Dios de toda gracia no utilice empresas evangelísticas humanas de tal suerte equivocadas. Lo que quiero decir es, simplemente, que la evangelización constituye una de esas actividades a las que puede aplicárseles el viejo dicho de “Si algo es digno de hacerse, merece hacerse bien”.

Tal vez resulte pertinente señalar que la mayor parte de los grandes evangelistas de antaño, si no todos, hombres como Richard Baxter, John Wesley, George Whitefield, Dwight L. Moody, Charles Spurgeon, impresionaron a sus contemporáneos como personas, ciertamente no inmaculadas, pero sí santas, y esto se reconoció que tenía mucho que ver con el poder de su ministerio.

J.I. Packer, El Renacer de la Santidad, Editorial Caribe (1995), p.218-219

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