Señor sáname, sana mi cuerpo y sálvame

Un día como hoy, hace dos años, partiste a estar con nuestro Señor.

Aún recuerdo la noche antes de tu partida. Como era de costumbre en esos últimos meses, yo estaba allí en tu casa hasta tarde, acompañándote, compartiendo contigo y ayudándote en lo que pudieses necesitar. Doy gracias a Dios que me permitió poder compartir contigo esos últimos 12 meses en una manera tan especial.

Recuerdo como esa última noche, un poco avergonzado, no quise orar por ti. Pensé que estarías cansado de mis tantas oraciones por ti, y de citarte vez tras vez las palabras de nuestro señor Jesús en Mateo 10:29-30, como recordatorios de que EL tiene cuidado y control de nuestras vidas. Pensé que ya estabas cansado de mis oraciones y de escucharme repetir lo mismo. Me sentí tan débil esa noche, que luego de darte un beso, salí silenciosamente hacia mi hogar.

Luego me contarían, que esa misma noche en la cual yo no oré por ti, tú mismo con tus palabras levantaste un clamor a nuestro Dios, y le dijiste: “Señor sáname, sana mi cuerpo y sálvame.”

Que poderosa oración fue esta que Dios decidió contestarla a solo horas de tu haberla hecho!. Quizás Dios utilizó mi debilidad para que tú mismo clamaras con tu propia voz que necesitabas de su salvación y su sanación.

Gloria a Dios que aún en nuestras debilidades EL se glorifica!

Dos cosas puedo decirte que he aprendido luego de tu partida.

Tu ausencia me ha puesto a valorar más mi rol como padre. Ahora pienso más en la responsabilidad que tengo de ser un padre activo en la vida de mis hijos, quienes necesitan sentir mi afecto, apoyo, confirmación y corrección.

Y por otro lado, en estos últimos 2 años he conocido una faceta de Dios que antes no conocía. Desde el momento de tu partida y hasta el día de hoy, no ha habido desesperación, ni un vacio inconsolable, ni impotencia, ni amargura, ni nada por el estilo. Ciertamente te extraño mucho, pero Dios ha sido, desde el momento de tu partida, más que suficiente. Su presencia y su Palabra han confortado mi alma en cada segundo desde que te fuiste, y he aprendido en este tiempo, que cuando más necesitados estamos, es cuando más abundante su gracia es para nosotros.

Solo sé que me faltan algunos años para volverte a ver, pero me alegro en sobremanera al saber que estás delante de la presencia de nuestro Señor y Creador, y que ese día cuando nos encontremos de nuevo, será para estar juntos por toda la eternidad, sin enfermedad, ni dolor, ni pecado de por medio, deleitándonos en nuestro Señor y adorándole a EL para siempre.

Cuanto anhelo ese día!

Te amo Papi.

2 comentarios:

Natanael Disla dijo...

Qué lindas palabras. Así es, Dios nos consuela a medida que los recuerdos de nuestros seres queridos se van ahondando en nuestros corazones. Y ciertamente, su amor por nosotros es tan grande, que las cosas más insignificantes se vuelven gemas de su gracia.

Un abrazo consolador, amigo.

Pedro Jiménez dijo...

Gracias Natanael.