Reflexiones Aterrizadas de José (Pepe) Mendoza

"Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús porque él salvará a su pueblo de sus pecados... He aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros"

(Mt.1.21,23)

clip_image002[5]¿Salvar? ¿No entiendo de qué me va a salvar? decimos muchos de nosotros. Si no lo has entendido hasta ahora permíteme hacerte una breve explicación.

Emilio Durkheim en su libro “El Suicidio” acuñó la palabra “anomia” como un término que parecía un neologismo pero que ya aparecía en la Biblia y que puede traducirse "sin ley". El autor clasificaba así a la sociedad en crisis que ya no respeta las normas y que por lo tanto está en un proceso de desintegración que hace que se pierda de vista el significado del bien y el mal. Jesucristo vino, en primer lugar, para restaurar el principio del pacto en nuestras vidas. Para eso debe perdonarnos nuestras faltas cometidas cuando estábamos al margen de la ley. Este perdón no es gratuito, El lo pagó en la cruz por nosotros. Y en segundo lugar, nos da la oportunidad de restaurar nuestra relación perdida con Dios. Sencillamente, Jesucristo vino para ordenar la casa y dejar las cosas como eran en el principio.

¿Cómo podemos hacerlo?

Pues, dejando las justificaciones y las apariencias para presentarnos como somos delante de Dios en arrepentimiento y disposición para que Él y sólo Él nos indique el camino nuevo por el que debemos andar.

El primer mensaje del Señor no fue una invitación a la filantropía o a un servicio religioso. Sus primeras palabras fueron: “... Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt.4.17). El Señor Jesucristo vino a salvarnos de nuestra desintegración anímica producto de nuestro abandono moral. Así, Él nos demuestra que somos valiosos al darse Él mismo por ti y por mí. Pero hay algo más importante todavía: Él deseó la restauración de nuestra dignidad al darnos la segunda oportunidad de volver sobre nuestros pasos, vindicar el pacto, y caminar con Él como debió haber sido desde el principio. Es una acto de confianza de Dios para con nosotros, que sólo podremos devolverle con confianza. La entrega de Jesucristo por nosotros sólo puede ser respondida con nuestra entrega personal.

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