¿Quién sostiene nuestros negocios?

Lamento que en las últimas semanas mis escritos en el blog han estado algo pausados. A finales del mes de mayo, mi firma de consultoría entró en una serie de proyectos de capacitación, que junto a otras cosas, me impidieron sacar un tiempo tranquilo para escribir.

Mientras estuve envuelto en lanzar, promover y supervisar el nuevo producto de mi empresa, una carga inmensa cayó sobre mí cuando las siguientes preguntas comenzaron a volar por mi cabeza: ¿Qué tal si los ingresos no alcanzaban los montos esperados? ¿Qué tal si a mis clientes no les gustaba el área de capacitación que habíamos preparado para ellos? ¿Y qué tal si este proyecto se convertía en todo un fracaso y no obtendría el éxito que esperamos tener con el mismo tanto a corto como a largo plazo?

Entonces, en medio de mi carga y preocupación, otra pregunta vino a mi mente:

¿Quién es que sostiene mi negocio?

En los 6 años que tiene operando mi firma, Dios ha sido quien ha traído cada uno de los clientes que hasta el día de hoy hemos podido servir. Por más chico o grande que haya sido un cliente, Dios siempre los ha traído en un momento “milagroso”.

Cuando las cosas van bien en nuestras empresas tendemos a creernos que nosotros somos la causa de nuestro éxito, y que los ingresos que obtenemos corresponden a nuestras largas horas de desvelo, nuestra buena planificación, nuestra visión futurista o a nuestra habilidad para hacer negocios. Pero cuando el negocio va mal, entonces doblamos nuestras rodillas, y bajando nuestras cabezas, admitimos nuestra impotencia a nuestro creador.

Es de suma importancia que reconozcamos que el éxito de nuestros negocios no lo determinan nuestras capacidades internas, nuestros clientes, el mercado al que servimos o el país donde vivimos, sino Dios, y reconocer esto determinará como nos comportaremos frente a cada circunstancia que se nos presente en nuestras empresas.

Por favor no me mal interprete. No estoy solicitando que me acompañe en un viaje de convertirnos en sin vergüenzas que no planifican ni trabajan las horas necesarias para lograr el éxito de nuestros negocios, sino que estoy abogando a que reconozcamos, que por más que trabajemos, sudemos, planifiquemos, y negociemos, si Dios no decide prosperarnos, nuestro negocio no irá para ningún lado (Salmo 127:1).

Descansemos pues confiadamente reconociendo que nuestras vidas y nuestros negocios están en las manos de Dios y que EL es quien cuida de nosotros.

“No se te ocurra pensar: "Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos." Recuerda al Señor tu Dios, porque es él quien te da el poder para producir esa riqueza….”

Deuteronomio 8:17-18 (NVI)

“De ti proceden la riqueza y el honor; tú reinas sobre todo y en tu mano están el poder y la fortaleza, y en tu mano está engrandecer y fortalecer a todos.”

1 Cronicas 29:12 (LBLA)

“Además, a quien Dios le concede abundancia y riquezas, también le concede comer de ellas, y tomar su parte y disfrutar de sus afanes, pues esto es don de Dios.”

Eclesiastés 5:19 (NVI)

“Pues ella no sabía que era yo el que le daba el trigo, el mosto y el aceite, y le prodigaba la plata y el oro, que ellos usaban para Baal.”

Oseas 2:8 (LBLA)

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